Sergei Diaghilev y los Ballets Russes
Imaginen un mundo donde el ballet era considerado un arte moribundo, una reliquia polvorienta de los zares reservada para la aristocracia aburrida. Entonces, en 1909, llegó a París un huracán llamado Sergei Pavlovich Diaghilev. No era bailarín, ni coreógrafo, ni músico. Era un impresario, un visionario con un talento único: la capacidad de reunir a los mayores genios de su tiempo en una misma habitación y obligarlos a crear magia.
Con la fundación de los Ballets Russes, Diaghilev no solo modernizó la danza; inventó el concepto moderno de espectáculo multimedia, fusionando pintura, moda, música y movimiento en una sola obra de arte total.
El Concepto de «Arte Total»
Hasta la llegada de Diaghilev, la música en el ballet era mero acompañamiento (a menudo mediocre) y los decorados eran telones pintados sin profundidad. Diaghilev trajo consigo el concepto wagneriano de Gesamtkunstwerk (obra de arte total). Para él, el vestuario diseñado por un pintor famoso era tan importante como la pirouette de la primera bailarina.
— La famosa orden que Diaghilev le dio al joven Jean Cocteau. Una frase que se convertiría en el lema de toda la vanguardia del siglo XX.
Una Galaxia de Genios
El verdadero genio de Diaghilev residía en su agenda de contactos. Logró que los artistas más vanguardistas, que jamás habían pisado un teatro de danza, diseñaran para él. Su compañía se sostenía sobre tres pilares creativos:
Descubrió a un joven Igor Stravinsky y le encargó El Pájaro de Fuego. También colaboró con Debussy, Ravel, Prokofiev y Satie.
Rompió la tradición invitando a Picasso, Matisse, Braque, Coco Chanel y Miró a diseñar telones y vestuario.
Elevó a leyendas como Vaslav Nijinsky, Anna Pavlova, Tamara Karsavina y George Balanchine.
1913: El Escándalo que Cambió la Historia
Ningún artículo sobre Diaghilev estaría completo sin mencionar el estreno de La Consagración de la Primavera (Le Sacre du Printemps). La noche del 29 de mayo de 1913, en el Teatro de los Campos Elíseos de París, estalló la guerra.
La música disonante de Stravinsky y la coreografía «fea» y primitiva de Nijinsky, con los pies hacia dentro y movimientos espasmódicos, provocaron disturbios literales en la audiencia. La gente gritaba, se peleaba y lanzaba objetos. Diaghilev, desde las bambalinas, encendía y apagaba las luces para intentar calmar a la masa. Aquella noche, el ballet dejó de ser «bonito» para convertirse en algo mucho más potente: arte moderno.
El Legado: De 1929 a la Eternidad
Cuando Diaghilev murió en Venecia en 1929, la compañía se disolvió, pero sus semillas se esparcieron por todo el mundo. George Balanchine partió a América para fundar el New York City Ballet. Ninette de Valois fundó el Royal Ballet en Londres. Serge Lifar revitalizó la Ópera de París.
Cada vez que ves un ballet contemporáneo, cada vez que un diseñador de moda colabora con una compañía de danza, o cada vez que la música de Stravinsky suena en un auditorio, estás viendo el espíritu de Sergei Diaghilev vivo y palpitante.